En las noches de luna llena llenaba un recipiente de cristal verde con agua del grifo, y en él sumergía la bisutería de piedras mágicas, para ella amuletos, manteniéndolas toda la noche en la terraza, para que la luz plena de luna las colmara de nuevo de energía. Las piedras eras distintas casi cada vez, como cada vez el agua, pero el recipiente y la creencia permanecían, del mismo modo que la perspectiva de la cara oculta de la luna.
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