Vencida la mirada, la voz extraña, incolora, resignada, también la tuya, como si no nos reconociéramos. Nos estábamos solos, quietos, paralizados ante la ciudad, ante su constante agitación de colores, de coches, de ruido, de gente. No avanzar, no retroceder, no volver. Se estaba bien así, abrazados, con largos períodos de silencio, casi sin mirarnos, sentados, ociosos, junto a la mañana vallada del parque, haciendo tiempo para el sol, que lentamente nos llegaba, como resplandor de edificios, mostrándonos de nuevo visibles.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.