Golpeado por el viento, intenso, húmedo, inclemente, observo la no muy lejana y oscura tempestad de acero y olas, de viento y roca, donde un cielo amenazante, argenteado de nubes, parece aproximarse con alarmante rapidez.
Quizá fuera en aquel momento, mientras contemplaba el fin del mundo a través de la oxidada esquelatura terrestre, cuando comprendí que nunca sería capaz de abandonarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.